¡NO OLVIDAR! Cuando la tormenta se desata, no nos refugiemos y nos conviertamos en amargados espectadores. Cerremos las ventanas, y salgamos afuera. Ya ven, la esencia de la vida no es cómo sobrevivir una tempestad, sino de bailar bajo la lluvia.
martes, 8 de noviembre de 2011
Mirando un martes, con ojos de viernes.
Las raíces de los árboles heladas e inmóviles, el vapor espeso saliendo de las bocas de aquellos que transitan las frías y quebradizas aceras, apurados y dependientes del compás de un monótono reloj. Soñando con feriados insólitos, junto a grandes tazas de café que calienten su cuerpo y alma, entre suspiros eternos y un film de Woody Allen en la tele. Aquel característico olor a café, nos remonta a mañanas dinámicas, cafeterías colapsando de gente con traje y corbatas ajustadas y algunos que siguen el mambo de la noche en tabernas, con un gusto a tabaco y alcohol. Buscando en esas clandestinas tabernas el olvido selectivo, cómo un oculto sortilegio incrustado en la silueta de una mujer extraña, fabricando un pensamiento idealista con sabor a ginebra. El invierno es un escenario obsceno, decorado con soledad y tristeza, que transita un paso abrumador y lento, saca una pistola y nos encañona en medio del pecho. Es toda una paradoja soñar con virus primaverales, que enfermen todo nuestro cuerpo con flores y esencias que septiembre da a luz. Que calienta y entibia todas las almas que tiritan en el invierno... Sería soñar con olmos repletos de peras color caramelo. Una encrucijada sería armar una estrategia y pensar en flores, mientras paulatinamente pequeños copos de nieve aterrizan en nuestras cabezas. No hay porque apurar al tiempo, arrancar flores que aún no crecieron, y oler un perfume imaginario, derramar el agua de la clepsidra, que esconde el tesoro del invierno. Aquel cofre que irradia luz, cómo una marquesina, esperando ser descubierto. Las pupilas desorientadas, perdidas en el frío ambiente, mezclado con desolación, se vuelven vulnerables a las lágrimas que se vuelven hielo. El miedo nos aleja del tesoro, derriba nuestro muro de flores y endurece todo a su paso. Es eso, disfrutar la espera. Abrigarse con un suéter de ambiciones y metas a lograr, de sueños que están bajo un cubo de hielo, derretirlos con melodías de optimismo y certeza. Junto a una taza de café que no tenga borra en su fondo, que no nos muestre el futuro. Hacer nuestro el famoso destino, dejar que el futuro nos sorprenda, revelar esa esencia. Sin apurar el tiempo, mirar por la ventana la sábana de estrellas invernal, imaginando galeones, cometas y estrellas fugaces... En dónde los deseos primaverales arden sobre esa estrella, volviéndose eternos e infinitos. Con la pureza e inocencia de un niño, concebir esos deseos en el fondo de esa galaxia, y esperar el milagro. Guardemos calma, las raíces se descongelarán, los picaflores abandonaran sus hogares y saldrán en busca de las flores más lindas y de esa forma, el hielo de derretirá y la primavera será esa difícil madeja que el tiempo por fin... Desenredará.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario